El partido que lo arruinó todo

Lucas y Mateo eran mejores amigos desde la escuela infantil. Siempre estaban juntos, jugando a la play, en clase, en el recreo, en casa o jugando con una pelota en el parque. Estaban juntos todo el rato, eran inseparables.

Ese sábado habían quedado para jugar un partido con los demás amigos del barrio. Hacía calor y todos tenían ganas de ganar. Todos se habían pasado la semana entera hablando de ese partido. Era la revancha del anterior, el que perdieron por penaltis. Esta vez, no podían perder.

Lucas y Mateo iban en el mismo equipo, como siempre. El partido había comenzado. En los primeros minutos, Lucas metió un golazo gracias a un centro de Mateo y se chocaron las manos como siempre. Jugaban desde pequeños con esa conexión, no necesitaban palabras para entenderse. Antes del descanso, el otro equipo empató con un tiro al palo derecho de la portería que rebotó en uno de los defensas y marcó.

Al volver al campo, los rivales metieron otro gol de cabeza tras un córner mal defendido. Lucas empezó a ponerse nervioso y Mateo también. Mateo robó la pelota en el medio del campo, empezó a correr por la banda izquierda, esquivó a dos defensas, Lucas lo seguía por la otra banda gritando su nombre, pidiéndole un pase.

Mateo estaba frente a la portería, con Lucas en el segundo palo solo, podía pasársela y que marcara gol seguro. Pero no lo hizo. Mateo avanzó unos metros más hacia la portería y chutó. Todos los jugadores estaban nerviosos, la pelota voló por encima del largero. El marcador quedó 2-1 a favor del otro equipo.

Lucas se paró con los brazos abiertos.
—¿¡Por qué no me la pasaste!? —gritó.
—Estaba solo, pensé que metería gol—respondió Mateo, medio avergonzado.
—No piensas en el equipo, solo quieres lucirte —soltó Lucas y se fue del campo.

No volvieron a hablarse ese día, ni el siguiente.

El lunes en el instituto, Lucas no se sentó con Mateo y hablaba con otros amigos. Mateo estaba más callado de lo habitual.

Pasaron los días. Cada uno esperaba que el otro fuera el primero en hablar. Pero ninguno lo hizo.

El jueves, en clase de plástica, les tocó trabajar en parejas. La profe los puso juntos, porque sabía que siempre se ponían juntos cuando había que ponerse por parejas.
—Vosotros dos, que trabajáis bien juntos —dijo la profe sin saber lo ocurrido.

Durante la clase, dibujaron en silencio, cada uno en su lado del papel. El dibujo terminó siendo un monstruo con cabeza de balón, piernas de árbol y un sol que parecía una patata.

Cuando la profesora lo vio, preguntó:

— ¿Qué es esto?
— Arte abstracto —respondió Mateo sin levantar la vista.

Lucas se aguantó la risa. Era la primera vez en días que tenía ganas de reírse con Mateo.

Esa tarde, Mateo fue a casa de Lucas sin decirle nada y tocó el timbre. Cuando Lucas abrió la puerta, se quedó mirándolo en silencio.

—¿Echamos unas partidas a la play? —dijo Mateo, como si nada.

Lucas lo pensó un momento.

—Solo si no te enfadas cuando te meta cuatro goles.

—Ni en tus sueños —respondió Mateo, entrando en la casa.

Fueron a la habitación de Lucas, encendieron la play y en menos de cinco minutos, ya estaban gritándose por una falta y riéndose como siempre.

Karla Serrano Prieto

La bandada vuela contigo, Karla

1 comentario

  1. Fernando Ruiz

    Muy entretenido y bien escrito,sigue así.
    Enhorabuena por este premio bien merecido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *