No, “нет”

“¿Dónde está el maldito hotel? Son las 23:15 y hace -6º en la calle, ¡qué frío!” – piensa Andrés mientras camina mirando el mapa.
“Esta ciudad es enorme. Todo el día caminando por Moscú… qué ganas tengo de ducharme y dormir… ¡Ah, ahí está mi hotel!”
Al fin, encuentra el hotel. Cuando entra por la puerta ve a la recepcionista hablando con dos clientes. Uno de ellos canta una canción.
“Qué divertido.” -piensa Andrés- “Estos rusos no son tan serios como dicen.”

-Buenas noches, joven. ¿Qué necesita? – le pregunta la recepcionista.

-Buenas noches. Tengo una reserva.

-Ah, usted es el que ha llamado hace un rato, ¿verdad?

-No, no. Yo no he llamado. He reservado a través de Ostrovok.

-Una reserva a nombre de…

-Andrés. A nombre de Andrés.

-Andrei…

-No, Andrei no. Andrés.

-¿Cómo se escribe?

-A-N-D…

-El pasaporte, por favor. Es más fácil.
“Pero bueno, esta señora…”

-Aquí tiene, mi pasaporte.


La recepcionista coge el pasaporte y empieza a leer, pero, de pronto, se olvida de él y empieza a hablar de nuevo con el otro cliente.

-Oye, Dmitry, cantas muy bien.

-¿Sí? ¿Tú crees? Muchas gracias. Ahora voy a clases de canto en una escuela de música.

-Ah, ¿sí? Yo la verdad es que siempre he querido cantar, pero siempre he sido más de piano.

-Yo creo que puedes cantar bastante bien. Además, ya tienes conocimientos de música…

-A veces canto en la ducha, pero es otra historia completamente diferente. Tú tienes una voz preciosa.
“Dmitry, tienes una voz preciosa, pero quiero dormir. Señora, por favor, quiero dormir.” – piensa Andrés.

-Gracias. – agradece Dmitry.

-Pues esta semana he estado en la Plaza Roja y he ido con mi hermana a un café en el que hay un piano, es un sitio muy bonito…

-¿Dónde está ese café? – pregunta de repente Andrés.

-Pues no recuerdo exactamente.

-Qué pena. Mi pasaporte…

-Ah, sí, sí. Su pasaporte. A ver, mientras puede rellenar este documento con sus datos.


La recepcionista empieza a leer el pasaporte y Andrés rellena el documento. De repente, ella hace un gesto extraño con la cara. Frunce el ceño. Algo no va bien.
“Esto no me gusta.” – piensa Andrés.

-¿Va todo bien? – pregunta preocupado.

-No.


La recepcionista niega con la cabeza, pero no añade más explicaciones. Andrés espera.

-¿Y qué pasa?

-No… – repite la recepcionista con la mirada perdida en las páginas del pasaporte.
“Pero bueno, esta señora…”

-No podemos alojarle. Usted no es ciudadano de la Federación Rusa. Y esto es una sorpresa, su pasaporte es extranjero. No me he fijado antes en su apellido…

-¿Cómo? Un momento, en la página web no he encontrado ningún problema relacionado con eso. Nadie me ha avisado. ¿Cuál es el problema? Tengo pasaporte extranjero, sí, pero soy español y vivo en San Petersburgo.

-Y yo soy de Tver y vivo en Moscú. ¿Qué quiere? ¿un premio?
“Dos.”

-Esto no puede ser. Yo he reservado esta tarde y ya he indicado en Ostrovok que soy extranjero. ¿Por qué ahora me encuentro con esta desagradable sorpresa?

-A ver… ¿tiene visa?

-Por supuesto, mire, mi visa.

-¿La tarjeta migratoria?

-También la tengo. Aquí esta.

-¿Registro?

-Sí, sí, tengo todo. Mire, aquí está mi registro. Vivo en San Petersburgo desde hace un año.
La administradora coge el papel que le da Andrés y lo lee con atención. Andrés espera intranquilo.
“Bueno, con todos los documentos no puede haber problemas.”
Pasan unos segundos. Andrés observa con atención los gestos de la administradora.

-No. – dice ella de repente.
“No me lo puedo creer.”

-¿Qué pasa? – pregunta Andrés nervioso.

-Su registro está caducado. Mire la fecha: diciembre de 2024. No puedo alojarle en el hotel. Le recomiendo ir a un albergue que está aquí al lado. Allí admiten a cualquiera.

-Un momento, un momento. Pero son las once y media de la noche y hace un frío de mil demonios. ¿Cómo quiere que busque ahora un lugar para dormir? ¿Usted bromea?

-No. Ya le he dicho que no se permite alojar a extranjeros con el registro caducado. De ninguna manera.


Andrés baja la mirada y suspira enfadado, cerrando los ojos. Reflexiona.
“¿Dónde demonios está el registro nuevo? ¿En San Petersburgo? Allí puede estar muy bien. ¡Maldita sea! He olvidado imprimirlo…”

-¿Y el dinero? – pregunta Andrés.

-No.

-¿Cómo qué no?

-El dinero no se lo vamos a devolver, porque ya han llamado otras dos personas preguntando por la habitación y yo la he guardado para usted. Yo le devuelvo a usted el dinero, lo pierdo y pierdo dos clientes que han querido reservar su habitación. No tiene sentido, ¿entiende?

-Entonces, ¿ustedes no me van a alojar y tampoco me van a devolver el dinero? ¿Pero qué broma es esta?

-Su dinero no me importa. Es su problema. El registro es su responsabilidad, ya se lo he dicho. Tiene que buscar otro lugar.

-Pero ¿cómo voy a buscar otro lugar? ¿ha visto la hora que es? ¡Y el frío que hace!
“Voy a escribir una reclamación, esto no puede ser…”

-No. Lo siento. Es mejor no perder el tiempo discutiendo. Debe buscar otro alojamiento.
“¡Madre mía!, voy a dormir en la calle…”

-¿Y no podemos llegar a algún acuerdo?

-No.

-Tiene que haber una forma de solucionar esto. No puede usted dejarme en la calle. ¿Y su conciencia? ¿Cómo va a dormir por las noches, sabiendo que un pobre joven español muere de frío en las calles de Moscú?

-Lo siento. Es mi trabajo. Por favor, usted tiene que salir del alojamiento, debo cerrar y mi turno se termina ahora. Deme el documento que ha firmado, yo lo rompo.


Andrés rompe él mismo el papel, mirando a los ojos de la administradora muy serio. La administradora observa cómo lo rompe y le mira extrañada. Después, Andrés se guarda los cachos de papel en el abrigo, se pone de nuevo su ushanka y se dirige hacia la puerta. Intenta abrir, pero no lo consigue. Andrés mira confuso las letras de la puerta.
ОТ СЕБЯ
“Otra vez con la historia esta, siempre me equivoco…”

-Es hacia afuera. Tiene que empujar.

-Gracias. Ya me he dado cuenta. – responde y sale del hotel, decepcionado.
“¿Qué hago? ¿Adónde voy? Me duelen las manos con este frío, no puedo ni mirar el teléfono” – piensa Andrés temblando de frío.


Andrés mira en su teléfono mientras camina, pero no encuentra lugares cercanos donde pasar la noche. No sabe qué hacer, piensa en dormir en el paso subterráneo de la avenida. Por lo menos, no está al aire libre y puede cubrir su cuerpo con la toalla que lleva en la mochila. Se dirige hacia allí, triste, pensativo.
“Вот тебе Россия. Вот. Ты же хотел сюда приехать, да? Вот, пожалуйста” – reflexiona en ruso.
De repente, recuerda que tiene una copia electrónica del registro.

-¡Un momento! – exclama.
“Un 5% de batería, perfecto”
Andrés vuelve corriendo y llama a la puerta del hotel muchas veces. La recepcionista lo mira con cara de cansancio, suspira y abre la puerta.

-¿Joven, qué quiere? Ya le he dicho que no…

-Tengo una copia electrónica del registro.
La administradora suspira otra vez.

-No.

-¡Por amor de Dios!, ¡¿cómo qué no?!

-El registro electrónico no es válido, me hace falta el formato papel. Se prohíbe alojar huéspedes con el registro electrónico.
“Esta señora es muy cabezota.”

-Bueno, un momento, por favor. En todo caso, tiene usted una impresora. Podemos imprimir el registro y así usted lo puede tener en formato papel.

-No. Por favor, ya le he dicho que debe salir de aquí.
“Qué respuesta tan inesperada.” – piensa Andrés mientras busca el registro en el móvil.

-¡Aquí está! – exclama sonriendo. – Mire, diciembre de 2025.

-No.

-Pero, ¡¿por qué no?! Es su palabra favorita: нет, нет, нет.

-No.

-Jajajaja, esto es increíble. – se ríe Andrés estresado.

-Tengo que preguntar si podemos aceptar el formato electrónico. Si no se puede, va a tener que buscar otro lugar.
“¡Qué gente tan rígida, Dios mío!”


Andrés espera mientras la recepcionista escribe a alguien desde su móvil.

-Envíe el documento a este número de aquí. – dice la recepcionista señalando un teléfono de contacto en una tarjeta. – Si me dicen que sí y tiene suerte, bien, si no, tiene que buscarse la vida.

-Pero, ¿no podemos simplemente imprimirlo? Es más rápido y más fácil.

-No. ¿Más fácil para quién?
“Para todos.” – piensa Andrés sin contestar.

-Envíelo. De todos modos, si al final sí es válido, necesito tenerlo para imprimirlo, ¿no? – añade la recepcionista.

-Vale. – dice Andrés suspirando. – Ya está.


Ambos esperan en silencio un momento. Andrés da golpecitos con sus dedos en el mostrador mientras la recepcionista mira en el teléfono.

-No sé, no sé… – dice de nuevo la recepcionista. – Si no tiene la firma de Gosuslugi, no es válido.

-Tiene la firma de Gosuslugi, mire.

-No la veo.

-Sí, mire. Todo está en orden. Está firmada. – dice Andrés mostrando el teléfono.


La recepcionista recibe un mensaje en su teléfono y lo lee.

-Vale… Le pido disculpas por la brusquedad con que le he hablado. – dice.
“Claro.”

-No pasa nada. – responde Andrés.

-Me dicen que sí es válida.

-Bien.

-Sí, pero yo estoy aquí por usted y este tiempo extra no me lo paga nadie. Ni un kopek, ¿entiende? Mi turno se acaba a las 00:00 y faltan 15 minutos. No me voy a ir más tarde. Tengo que cerrar y usted me está retrasando.
“Claro, para esto no hay tiempo, pero para cantar y hablar sí…”

-Sí, sí, lo entiendo.

-¿Tiene visa?

-Sí, aquí tiene.

-Otra vez… – dice la administradora poniendo los ojos en blanco. – ¡No!
“¡Jesús, María y José!”

-¿Pero qué pasa ahora? – pregunta Andrés desesperado.

-No es esta visa. Está caducada también. Mire, es del año pasado, 2024. Está absolutamente prohibi…

-¡Ay, Dios mío! Espere un momento. – interrumpe Andrés. – Me he confundido. Aquí está.

-Vale. La tarjeta migratoria.

-También, aquí tiene.
La administradora lee los documentos.

-Ah, pero usted vive en San Petersburgo, ¿no?
“Hola, ¿qué tal? Me llamo Andrés. Encantada de conocerla. Bienvenida a nuestra conversación.”

-Sí, desde hace un año, ya se lo he dicho antes.

-Entiendo. Bueno, siéntese mientras hago esto.

-¿Eh? – pregunta Andrés, desorientado, que ya no entiende nada.

-Ahí, en la silla. ¡Siéntese! No necesita esperar de pie. – dice la administradora con un tono amistoso.

-Ah, vale. – responde Andrés suspirando.


Andrés se sienta cansado en la silla y mira por la puerta a los coches que vienen y van.
“Hace frío ahí fuera.” – piensa.

-Tiene usted un ruso fantástico, por cierto.
“Oh, ahora recibo amor…”

-Gracias.

-¿Y dice que solo ha vivido un año en San Petersburgo?

-Sí, un año.

-¿Y en un año ha aprendido el idioma así?

-No. En realidad, lo estudio desde hace un tiempo.

-Ah, de todos modos, es impresionante.

-Gracias. Muchas gracias.


La administradora continúa la conversación con Andrés, declamando un poema, pero él ya no escucha, ni entiende. Tiene la mirada perdida en la carretera y no presta atención a las palabras de la administradora, que pasan por sus orejas como conversaciones extrañas.
“Умом Россию не понять…”

-Bueno, pues ya está. Aquí tiene las llaves. A la izquierda está la cocina y al fondo a la derecha el baño. Su habitación es la 108. – dice la recepcionista entregando las llaves a Andrés.

-Gracias, gracias.

-Buenas noches, descanse bien.

-Gracias, igualmente.


Andrés llega a la habitación. Es un pequeño cuadrado sin ventana y con techo bajo, pero con una cama y una mesita, tiene todo lo necesario. Andrés se quita la pesada mochila que ha arrastrado durante todo el día, cuelga su abrigo y se desviste poco a poco. Se tumba, agotado, en la cama.

-¡Ay! – suspira mirando al techo. – Camita…


De repente, empieza a reírse histéricamente, sin poder parar. Respira un momento.

-No. – dice.


Y vuelve a reír.

Adrián Prieto Sánchez

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