
Mantenerse en el momento presente es algo sencillo de comprender y difícil de practicar. Nuestra mente, si no la atamos en corto, nos juega malas pasadas y nos vuelve locos con su baile sin fin entre un pasado irrevocable y un futuro incierto. Cuando estamos de bajón, lo más lógico es que nuestros pensamientos se tiñan de un gris oscuro. Tintamos de color de rosa lo bonito que hayamos perdido, sin comprender que la vida tiene sus ciclos y hay situaciones que en su día fueron bonitas y luego acabaron porque dejaron de serlo. La vida y sus ciclos son así, ni bueno ni malo. La realidad es la que es y como decía Epicteto, “el destino guía a quien lo acepta y arrastra a quien lo rechaza”. El futuro se nos presenta lleno de fantasmas, de incertidumbre que amenaza nuestra zona de comodidad, esa que no nos exige actuar de otra forma que no conocemos y que por tanto no implica un esfuerzo.
Pero la vida raramente nos depara un presente del todo gris o negro. Hasta en Palestina, sometidos a un criminal genocidio desde hace más de un año, tienen el coraje de celebrar sus pequeñas victorias cotidianas, su resistencia indomable, su vida anclada necesariamente en el presente, pues el pasado está hecho ruinas y el futuro envenenado. Nosotros, por grandes que sean nuestros problemas, sin duda lo tenemos más fácil. En el día a día, aferrados al presente, podemos encontrar no pocas puertas hacia caminos que abran nuestro horizonte. En el presente, podemos encontrar detalles que nos den paz, sosiego, esperanza y los mimbres con los que volver a tejer de nuevo otra nueva realidad. Claro que tenemos que poner de nuestra parte y esforzarnos por andar nuevos caminos que tendremos que explorar y conocer e ir eligiendo los que más nos convengan. Aprender es dejar de sufrir y salir de la zona de confort a la que estamos acostumbrados, pero que quizá ya no nos valga para encontrar calma, bienestar y realización personal.
La naturaleza da continuas muestras del ciclo de la vida, de la lucha de contrarios, del cambio como dinámica vital inexorable. Hoy en los jardines, una planta de durillo, anunciaba con sus flores de nieve la inminencia del fin del invierno. La planta no se queda anclada en el frío que ha pasado o en las heladas que pueden llegar todavía. La savia comienza a fluir, pues siente que el presente se caracteriza por más horas de sol, por lluvias y nubes que evitan los hielos, por una tenue subida de las temperaturas. Y el durillo comienza a florecer. Cierto es que nos encontramos con una planta valiente, audaz, de las primeras, junto al romero, en florecer antes de que se acabe el invierno. Después vendrán las flores del almendro en los campos y del pruno en los parques. El durillo no se compara con las plantas de su alrededor. Ninguna planta lo hace que yo sepa. No le importa que haya rosales amarillos regalando flores esplendorosas en pleno invierno ni que la abelia esté sin flor. El durillo sigue su ciclo, su ritmo.

El pasado puede servir para aprender, no para lamentarse. El futuro ha de servir para soñar y planificar cómo conseguir esa vida deseada. Pero donde se juega la vida es en el presente, es aquí y ahora donde podemos decidir qué pasos dar, qué acciones tomar y así, con paciencia y persistencia, ir dibujando nuestra nueva vida, que por lo demás seguirá llena de errores, aprendizajes y aciertos. A fin de cuentas, la vida es eso, una experiencia, un viaje en el que podemos interpretar nuestro mejor papel o resignarnos y sufrir porque no nos dieron el papel que nosotros esperábamos. Sinceramente, parece más divertido tratar de interpretar nuestra mejor versión, que no sufrir entre los laberintos del pasado o del futuro.

Llevamos varios días con cielos encapotados, grises y algunos nubarrones mentales también se estaban empeñando en amenazarme con un futuro incierto y un tanto desasosegado. Unas letras de una compañera del Club de Kárate y la visión de la flor del durillo me devolvieron al momento presente, ese espacio mágico en el que puedes modelar tu vida, ese tiempo único que se va como la arena de playa entre las manos. El durillo me hizo sentirme mejor y devolver mi atención y mi espíritu al aquí y ahora, a lo que ahora vivo, lejos de los túneles del pasado, lejos de los fantasmas del futuro. Al salir del trabajo, una lechuza, símbolo de sabiduría para los antiguos griegos, nos recuerda con un reloj al cuello la importancia de cuidar y vivir tu tiempo presente. “Carpe diem”, que dirían luego los sabios de entre los romanos.
Javi Prieto Sancho



Me ha encantado, es la realidad.
Gracias, compañera.
Que gran verdad ,el tiempo y la naturaleza sigue su curso y el ser humano tenemos la cualidad de alterarlo en nuestra mente y hacer difícil lo que en realidad debería ser fácil.
Como siempre muchas gracias Javi.
A ti por tu lectura y tus palabras, Fernando.
Este tema es muy fácil de entender a nivel intelectual, pero llevarlo a la práctica cuesta un mundo.
Así es. Para avanzar hay que hacer práctica y paciencia. Gracias, Adrián.